En este artículo, el autor aborda las relaciones de amistad intelectual y per-
sonal entre un pensador peruano y un poeta mexicano: Víctor Andrés Belaunde
y Amado Nervo. Las anidades que enlazan a ambos hombres de letras tras-
cienden la coyuntura política, y se desarrollan dentro de identicaciones espi-
rituales o místicas. Estos vínculos muy sólidos se produjeron en los inicios del
siglo XX en Madrid, y concluyeron cuando el poeta mexicano muere en 1919, en
Montevideo, en los brazos de Belaunde.
Palabras clave: Espiritualismo; Misticismo; Poesía; Pensamiento social;
Perú; Uruguay.
In this article, the author discusses the relationship of intellectual and per-
sonal friendship between a Peruvian thinker and a Mexican poet: Victor Andres
Belaunde and Amado Nervo. The afnities that bind both men of letters trans-
cend the political situation, and develop within spiritual or mystical identica-
tions. These very strong ties occurred in the early twentieth century in Madrid,
and concluded when the Mexican poet died in 1919, in Montevideo, in the arms
of Belaunde.
Keywords: Spiritualism; Mysticism; Poetry; Social Thought; Peru; Uruguay.
PAIDEIA XXI
Vol. 5, Nº 6, Lima, mayo 2016, pp. 66-78
Resumen
AMADO NERVO Y VÍCTOR ANDRÉS BELAUNDE
La mirada mística de la vida
Osmar Gonzales
Abstract
Amado Nervo y Víctor Andrés Belaunde, La mirada mística de la vida
67
PAIDEIA XXI
Desde nes de siglo XIX, América
Latina, por medio de sus intelectuales,
empezó a mirarse a sí misma como
una realidad propia, con una identi-
dad que, aun cuando necesitaba con-
solidar, ya existía en gérmen; nues-
tros países tomaban conciencia de
sí mismos. Los tiempos del coloniaje
trataban de ser superados. Es el mo-
mento del ascenso de las burguesías,
del optimismo (ecos de la bella época
europea) y del proyecto alcanzable de
constituir estados nacionales. Sobre
un crecimiento económico expectante
(gracias al comercio agro exportador,
especialmente con el Viejo Mundo) se
inició la nomenclatura de cada indi-
vidualidad nacional-estatal: argenti-
nidad, mexicanidad, peruanidad, cu-
banidad, etcétera. También se trató de
un tiempo de intensas cercanías entre
los sujetos de ideas latinoamericanos.
Aprovechando al máximo los in-
ventos de la época, especialmente los
medios de transporte y de comunica-
ción, estos pensadores establecieron
una red que contribuyó a la consti-
tución de un campo intelectual que
trasvasaba las fronteras estatales
particulares. En ello fue clave el pa-
pel del intercambio epistolar, así como
también de las giras e, incluso, de los
cargos diplomáticos que muchos inte-
lectuales de la época asumieron y que
le sirvieron para conocer e integrarse
en realidades diferentes a las propias.
Complementariamente, el exilio políti-
co fue importante para la constitución
y ampliación de esta red. El desarrai-
go, la expulsión del país de origen, ge-
neralmente por razones políticas, hizo
que el expulsado adquiriera una con-
ciencia cosmopolita que sustentó en
gran medida su pertenencia a lo que
José Vasconcelos llamaría Indoaméri-
ca, y que Víctor Raúl Haya de la Torre
la asumiría como parte cardinal de su
plan ideológico-político.
Los lazos entre intelectuales de
México y Perú son indelebles por mu-
chas razones (históricas, políticas,
culturales) pero se viabilizan y actua-
lizan permanentemente gracias a sus
sujetos de ideas. En otro artículo he
analizado, gracias a una copiosa co-
rrespondencia, la relación que José
Vasconcelos mantuvo con José de la
Riva Agüero y otros escritores perua-
nos1. En este artículo ahondo en las
relaciones de amistad intelectual y
personal entre un pensador peruano
y un poeta mexicano. Me reero a Víc-
tor Andrés Belaunde y a Amado Nervo.
Según podremos ver, las anidades
que enlazan a ambos hombres de le-
tras trascienden la coyuntura política
por mucho, y se desarrollan dentro de
identicaciones espirituales o místi-
cas. Tengamos en cuenta que el acer-
camiento entre Belaunde y Nervo se
produjo en los inicios del siglo XX en
Madrid y que el poeta mexicano murió
en 1919, en Montevideo, en los brazos
de Belaunde2.
Ciertos elementos del contexto
1919 fue un año importante en la
historia del Perú, pues en él se inició el
largo gobierno de Augusto B. Leguía,
que duraría once años. Antes que le
diera a su gobierno el tinte autócrata
que lo caracterizaría (a partir de 1921,
Osmar Gonzales
68
PAIDEIA XXI
cuando mandaría a deportar a perso-
najes incómodos para su administra-
ción, como Belaunde, precisamente),
Leguía contó para las labores diplo-
máticas con destacados personajes
que ya habían cumplido esas tareas
desde años anteriores. Uno de ellos
fue el propio Belaunde. En esas con-
diciones fue designado como Minis-
tro Plenipotenciario ante Uruguay, en
donde debía representar al Perú en las
ceremonias de asunción del mando
del Presidente Baltasar Brun (1919-
1923). En la capital de dicho país, Be-
launde se reencontraría con Nervo por
última vez3.
Mientras tanto, en México se vivían
los primeros años post revoluciona-
rios, e iba encontrando su estabiliza-
ción aun a costa de sangre y fuego.
En efecto, luego del levantamiento de
Francisco I. Madero contra la longeva
dictadura de Porrio Díaz, en 1910, y
su posterior asesinato, emergen las -
guras de Emiliano Zapata (por el sur)
y Pancho Villa (por el norte), junto a
Victoriano Huerta y Venustiano Ca-
rranza (ejército en el que colaboraría
José Santos Chocano). Sería Carran-
za el que cosecharía los frutos de la
revolución, a costa de Zapata y Villa,
cuando en 1915 fue elegido presiden-
te. En 1917 se proclamaría la nueva
Constitución de México y en 1919 Za-
pata sería asesinado (como posterior-
mente lo sería Villa).
Nervo, poeta místico
Amado Nervo había nacido en Na-
yarit en 1870, y desde joven se mostró
inclinado hacia la fe católica, Incluso
hubo un tiempo que quiso ser clérigo.
Luego de terminar sus estudios esco-
lares (en el Colegio de Padres Roma-
nos, en Michoacán), inició estudios de
derecho, pero por desgracia familiar
(que se quedó en la ruina económica)
los debió dejar truncos para asumir la
responsabilidad de sacar adelante a
su hogar.
Buscando trabajo, en 1894 Nervo
llegó a la capital de México, en don-
de trabajó de lo que encontró cuando
pudo, hasta que llegó a publicar sus
primeras colaboraciones en diferentes
periódicos (como El Mundo Ilustrado,
El Nacional, El Mundo, El Imparcial),
pero sobre todo en prestigiosas revis-
tas literarias. En esos años conoció
a Manuel Gutiérrez Nájera con quien
fundó la revista Azul (de obvia inuen-
cia rubendariana)4.
A pesar que ya llamaba la atención
como poeta, el primer libro de Nervo
fue una novela, El bachiller, de 1895.
Tres años más tarde publicaría su pri-
mer libro de poesía, Místicas, de pro-
fundo contenido religioso y sosticada
forma. Para entonces ya había escri-
to su famoso poemario Perlas negras,
que fue puesto en manos del público
también en 1898. En 1900 sería uno
de los “transplantados” ―término que
tomo del escritor chileno Alberto Blest
Gana (1830-1920)― que viajó a Pa-
rís, La Meca de todos los artistas de
la época. Viajó como corresponsal del
diario El Mundo, pero pronto se que-
daría desempleado. No obstante la si-
tuación crítica que tenía ante sí, Nervo
tuvo la mejor noticia: conoció a Ana
Cecilia Dailliez, la mujer que sería su
Amado Nervo y Víctor Andrés Belaunde, La mirada mística de la vida
69
PAIDEIA XXI
gran amor durante más de un dece-
nio, hasta 1912, el año que murió. De
la desgracia surgió su célebre libro de
versos, La amada inmóvil (1916).
En París, Nervo se pudo relacionar
con los grandes autores del momen-
to, como Verlaine, Moreas y Wilde,
así como con los más renombrados
intelectuales latinoamericanos, como
Rubén Darío, el más destacado de to-
dos los modernistas. En 1902, el es-
critor mexicano regresaría a su país,y
daría a conocer El éxodo y las ores
del camino, además colaboraría en la
Revista Moderna.
Ya erigido como el gran poeta de
su país, Nervo volvería a escribir para
diarios y publicaría obras importan-
tes, como su poemario Los jardines in-
teriores. En 1905 ingresaría al servicio
diplomático como segundo secretario
de la Legación de México en Madrid
(donde conocería a Belaunde, preci-
samente). Fue un momento esplen-
doroso para la creatividad de Nervo,
pero en 1914, debido a las vicisitudes
políticas del México convulsionado de
entonces, quedaría nuevamente sin
trabajo y sumido en la pobreza. Pero
a pesar de las circunstancias adversas
sigue escribiendo y publicando, dejan-
do más evidente su veta mística. En
1914 divulga su Serenidad, en 1916
Elevación, y en 1918 Plenitud. Poste-
riormente, el gobierno de su país lo
restituiría en su puesto en el servicio
diplomático, esta vez como Ministro
Plenipotenciario y Enviado Plenipoten-
ciario ante los gobiernos de Argentina
y Uruguay, países a los que se dirigió
hacia inicios de 1919. En Buenos Aires
conocería a su último amor, y en Mon-
tevideo exhalaría su suspiro nal el 24
de mayo, evocando la gura de Dios.
En resumen, el contenido de la obra
creativa de Nervo, y su propia concep-
ción vital, pasaría del modernismo a
la búsqueda denitiva de Dios. Y en
ese trayecto Belaunde se identicaría
con él5.
Víctor Andrés Belaunde, intelectual
integral
Belaunde era natural de Arequi-
pa (en donde nació en 1883) y llegó a
Lima en 1900, el mismo año en que
Nervo viajaba a París y que el ensayista
uruguayo, José Enrique Rodó (1871-
1917), publicara Ariel, el libro de ins-
piración de aquella nueva generación.
En el Perú, Belaunde sería uno de los
más conspicuos representantes de la
generación novecentista, pues anali-
zaba la realidad social desde distintos
ángulos (política, sociología, historia,
relaciones internacionales, etcétera).
También fue un autor prolíco que
dejó obras como El Perú antiguo y los
modernos sociólogos (1908), sus ensa-
yos sobre la psicología nacional (1912-
1917), su magníco discurso “La cri-
sis presente” (1914), así como fundó la
revista Mercurio Peruano (1918). Como
muchos de sus compañeros genera-
cionales, Belaunde también ocupó
cargos de representación diplomáti-
ca; así fue como viajó a Montevideo en
donde coincidiría con Nervo. Previa-
mente, en 1906, Belaunde viajaría a
París y luego de una breve estancia se
trasladaría a Madrid (en donde cono-
cería al poeta mexicano) por decisión
Osmar Gonzales
70
PAIDEIA XXI
del ministro Víctor Maurtua, quien lo
destacó como miembro de l
a delega-
ción peruana que tenía que redactar
el alegato del gobierno peruano ante la
demanda boliviana por la recuperación
territorial y salida al mar, buscando la
revisión del Tratado de 1904.
6
Amistad y muerte
Como Nervo, Belaunde también
pasó por diferentes etapas en su pen-
samiento y trayectoria personal. En
sus años de infancia y adolescencia la
inuencia católica era indudable, pre-
sente desde la vida cotidiana familiar.
Luego, ya en Lima, se vuelve agnós-
tico para, nalmente, regresar ―lue-
go de un momento espiritualista―, a
la fe católica, de la que se convertiría
―junto con su amigo, el historiador li-
meño José de la Riva Agüero―, en su
más acérrimo ideólogo. Desde su nue-
va postura ideológico-espiritual escri-
biría libros fundamentales como La
realidad nacional (1931) y Peruanidad
(1947). Asimismo, su visión mística
inundaría las páginas de sus memo-
rias, Trayectoria y destino.7
En sus memorias, Belaunde ten-
dría permanentemente en su recuerdo
al poeta mexicano, a quien describiría
como su “colega y condente”, a pe-
sar de la diferencia de edad: Nervo era
13 años mayor. La amistad que llegó a
sentir por el poeta místico la manifestó
en cuanta oportunidad se le presentó.
En efecto, en sus memorias Nervo es
una referencia para nada extraña. Es
más, destaquemos que Belaunde em-
pezó a dictar ―en 1958― sus recuer-
dos en su amplia casa de San Isidro,
en cuya ocina sobresalía la mascari-
lla mortuoria de Nervo. Sus memorias
son una oportunidad para subrayar el
aprecio que sentía por el autor de Per-
las negras, a quien conoció en España
en 1906, junto a otros artistas, como
el propio Belaunde rememora:
Alejado como Chocano en
el Hotel Santa Cruz de la calle
Alcalá, durante mi primera es-
tancia en Madrid, tuve ocasión
de vincularme con los literatos y
poetas españoles, íntimos ami-
gos y colegas del poeta peruano.
Y así conocí yo a Rubén Darío,
creándose entre el maestro y su
oscuro admirador peruano un
vínculo de simpatía que él ree-
jó en una signicativa dedicato-
ria de Prosas Profanas. Uno de
los rasgos geniales de Darío era
su bondad y su carácter infantil
en contraste con Gómez Carri-
llo, malicioso, chispeante y lleno
de intención, diríase un granuja
genial de las letras. Conocí tam-
bién a Amado Nervo y me se-
dujo desde entonces su sentido
místico y la dulzura de su trato,
amistad que debería cultivar de
nuevo en Montevideo hasta su
muerte8.
Poco más de una década después,
Belaunde y Nervo se reencontrarían,
esta vez en Montevideo, como mencio-
né, cuando cumplían, ambos, funcio-
nes diplomáticas:
Me instalé en el Park Hotel
famoso por su Restaurant ane-
xo de la ruleta, y centro en esa
época de la vida social veranie-
Amado Nervo y Víctor Andrés Belaunde, La mirada mística de la vida
71
PAIDEIA XXI
ga de Montevideo. El Presidente
Brun me acogió fraternalmente.
Como Embajador especial para
la transmisión del mando tuve
el carácter de huésped ocial
con Ayudante Militar y Adjunto
Civil que fue el distinguido hom-
bre público don José Antuña.
Encontré en Montevideo a Ama-
do Nervo, a quien conocía desde
Madrid y que estaba acreditado
también para la transmisión del
mando. La presencia del popu-
lar poeta fue el acontecimiento
en los días de la inauguración.
Las jóvenes montevideanas lec-
toras de Nervo lo asediaban con
preguntas y pedidos de autógra-
fos. Nervo frisaba en los cuaren-
ta y nueve años; parecía cicatri-
zada la herida de la muerte de
la amada inmóvil; tal vez había
surgido un nuevo amor que des-
cribe en los versos de El Estan-
que de los lotos.9
Pero Nervo enfermaría gravemente
en esos días. Sus horas se acercaban
al nal, su vida se extinguía. Una cri-
sis de uremia lo mataría. Al pie de su
lecho de agonizante estaba Belaunde,
a quien participaba sus últimas pala-
bras. Como reere Perfecto Menéndez
Padilla, Nervo se acercaba a la muerte
con gran serenidad de espíritu, y decía
con gran presencia de ánimo:
“‘Qué paz, qué tranquilidad
siento en mi alma’ ―repetía el
enfermo a su gran amigo el doc-
tor Belaunde, Ministro Pleni-
potenciario del Perú en Monte-
video― ‘Hace muchos años que
no gozaba de una suavidad tan
grata en mi espíritu, ¡Qué bueno
es confesarse!’”.10
El propio Belaunde agrega su pro-
pia versión cuando acude a sus re-
cuerdos:
Vibran todavía en mis oídos las pa-
labras del poeta: ‘tengo un inmenso
deseo de dormir’. ‘Renombre, renom-
bre, vete; no hagas ruido, estoy bien
así’. Parece que la muerte del poeta
exigiera, como único homenaje, el si-
lencio. Solo quiere su tumba ores,
ritmos y lágrimas; las ores las habéis
llevado vosotros, sus admiradores y
sus amigas; los ritmos, los han ento-
nado los poetas, sus hermanos; las lá-
grimas, las han derramado todos los
hombres de sentimiento.
En esas circunstancias, Belaunde
colocaría en las manos del poeta un
crucijo que había encontrado en la
valija de este y que le había sido rega-
lado por su hermana adoptiva, Catali-
na Cadenne, religiosa de la Visitación:
Recibió Nervo el Santo Cristo de
manos del doctor Belaunde, con gran
cariño, y con calma y fervor sorpren-
dentes, exclama: ‘Señor, Señor…’ y
apretándolo fuertemente contra su co-
razón, entregó el alma a su creador.11
Como el propio Belaunde reere,
ya desde antes de partir a la capital
uruguaya se había comprometido a
pronunciar dos conferencias. Las in-
esperadas circunstancias lo hicieron
decidirse a que una de ellas debía ren-
dir homenaje a Amado Nervo:
Fueron dos las conferencias anun-
ciadas: una sobre los últimos días de
Nervo, a cuya familia visité recordan-
Osmar Gonzales
72
PAIDEIA XXI
do al poeta. Me regaló un retrato del
propio Nervo en que está al lado de la
hija de Ana María, que tiene en sus
rasgos de profunda espiritualidad al-
gunos destellos del alma que nos pintó
el poeta en las estrofas: ‘era llena de
gracia como el Ave María’.12
Para organizar su conferencia, Be-
launde recordó la que había dado en
honor del autor de La amada inmóvil
en Bogotá, y que, según sus palabras,
fue acogida con gran entusiasmo por
el público:
En busca de un tema apro-
piado recordé que en la confe-
rencia que dí sobre Amado Ner-
vo en Bogotá, cuando referí que
el gran poeta, después de vagar
por esas sombras de Cristo en
las semblanzas literarias, en-
contró al n ante la muerte al
Cristo de la Fe, eterno e inmuta-
ble, el público de Bogotá acogió
con una ovación el signicativo
contraste.13
Belaunde, en su evocación, pone el
énfasis en el reencuentro de Nervo con
Cristo, es decir, el mismo camino que
había transitado él mismo, quien pu-
blicaría un libro titulado El Cristo de la
de la fe y los Cristos literarios (1936).
Por ello describía a Nervo como un
“poeta místico”, que evolucionó “desde
el simple poeta amoroso, al magníco
y único poeta místico”. El regreso a la
fe religiosa fue un elemento común de
identicación entre nuestros dos per-
sonajes. Se volvieron condentes, par-
ticipaban de una similar manera de
entender el mundo. La inuencia de
Nervo sobre Belaunde se puede veri
-
car en su libro de 1951, titulado con evi-
dentes referencias de su par mexicano:
Inquietud, serenidad, plenitud.
14
Belaunde recuerda la importancia
que tuvo para su formación espiritual
el escritor mexicano:
En esta revista que mi agra-
decido corazón hace de todas
las inuencias que ha recibido,
va mi pensamiento a la tierra
mexicana, patria de Amado Ner-
vo, mi poeta preferido que murió
en mis brazos; de los insignes
Casos y Reyes, de mis herma-
nos en la fe, Vasconcelos, Jun-
co, Méndez Plancarte y Gómez
Robledo. 15
Después me referiré al discurso
aludido por Belaunde, por el momento
solo quiero dejar bien establecido que
se sentía profundamente identicado
espiritualmente con el poeta. La fe se
había constituido en el mirador deni-
tivo de Belaunde. Regresar a ella fue
un proceso largo y doloroso, lleno de
angustias y dudas existenciales. En
él, Nervo vivica un momento culmi-
nante:
Mi vuelta a la fe había sido
preparada por mi soledad, mi
absoluto abandono, mis tris-
tezas inconfesadas y mi deso-
lación ante el porvenir. Me he
preguntado entonces: ¿había
perdido realmente la fe?, ¿no es-
taría ésta como dormida y rele-
gada a pesar de mi proclamado
agnosticismo?, ¿no había vuelto
en 1912 a la creencia en Dios
por la convergente inuencia
de Pascal, de Kant?, ¿no había
Amado Nervo y Víctor Andrés Belaunde, La mirada mística de la vida
73
PAIDEIA XXI
acompañado a Amado Nervo en
la hora solemne de su muerte?,
¿no había dicho al poeta frater-
no, en el homenaje de Montevi-
deo: ‘Padre, Maestro, Hermano,
déjanos tu fe; Padre, Maestro,
Hermano, déjanos tu amor’.16
Discurso al poeta Amado
El discurso que ofrece Belaunde en
el Teatro Urquiza17 está enfocado en
destacar la mirada religiosa de Nervo,
presente incluso hasta en los últimos
momentos de su vida: “Vibran todavía
en mis oídos las palabras del poeta:
‘tengo un inmenso deseo de dormir’.
‘Renombre, renombre, vete; no hagas
ruido, estoy bien así’. Parece que la
muerte del poeta exigiera, como úni-
co homenaje, el silencio”. Nervo, dice
Belaunde, es un artista que despier-
ta admiración y nos habla al corazón,
“envolviendo sus palabras en una at-
mósfera de sentimiento y de amor”. A
Nervo sus lectores lo querían.
Como poeta, Nervo es diferente a
Andrade o Chocano, por ejemplo, que
encuentran su inspiración en la natu-
raleza o en la historia, señala Belaun-
de:
Pero hay otros poetas que
tienen algo más que sentimien-
to, algo más que imaginación;
que beben en aquella fuente de
eterna poesía, de la más alta
poesía, que es la Muerte… que
es el Innito; que se enfrentan
a la Esnge para mirarla cara
a cara y arrebatarle su secreto.
Esa es la más alta cumbre de la
poesía; a ella escaló Nervo: es el
sitio excepcional que tiene en la
lírica hispana.
Nervo sintió ―siempre según las
palabras del peruano― el enigma de
una manera diferente a como lo hizo
el escritor ecuatoriano Medardo Ángel
Silva (1898-1919). Aun en el abismo
vislumbraba la luz: “Entonces, el poe-
ta elevó su plegaria, y creyó en Dios”.
Para entonces, el erotismo presen-
te en sus primeras creaciones había
desaparecido. Belaunde subraya que
el primer momento de Nervo fue el de
un escritor “erótico, noblemente eróti-
co”. Pero luego su formación religiosa
emergería para impregnar decisiva y
denitivamente sus creaciones litera-
rias: “Así sus primeras poesías místi-
cas son de un misticismo ritual: Re-
quiem, Anatema, Oremus”. A nes del
siglo XIX, cuando el mundo empieza a
cambiar, la conanza y el optimismo
fatuos invaden los espíritus, el propio
Nervo es asediado por la duda. Como
otros escritores de su tiempo, abra-
za las ideas de Nietszche y proclama
“¡Dios ha muerto!”. El propio Nervo
confesaría algunos años después que,
efectivamente, dudó. Había quedado
vacío de espíritu, desilusionado, sin
ningún afán. ¿Cuánto de lo que dice
de Belaunde está pensado sobre sí
mismo?
Pronto, Nervo se yergue y constata
que necesita de la fe, que tiene “nos-
talgias de fe”. Busca a Cristo, lo invo-
ca. Para encontrarlo necesita no la ra-
zón, sino el amor, subraya Belaunde.
Se deja guiar en el camino del reen-
cuentro por San Francisco de Asís, “el
más grande discípulo de Cristo”:
Osmar Gonzales
74
PAIDEIA XXI
El amor en Cristo, como en
San Francisco, es universal, y
comprende todas las cosas. No
es cierto que el cristianismo
haya exaltado solamente el es-
píritu; ha exaltado también la
naturaleza, por lo que la natura-
leza tiene de reejo del espíritu:
por lo que la naturaleza tiene de
divino. Es un error muy frecuen-
te creer que el cristianismo re-
niega de la vida. El cristianismo
ha nacido envuelto en la concep-
ción más hermosa de la vida y
se desarrolló dentro de un senti-
miento profundo de la naturale-
za. Jesús vivió rodeado de la ter-
nura y simpatía de las mujeres,
tendió sus manos acariciadoras
a los inocentes niños; dio a su
palabra el marco de belleza de la
montaña o del lago, y en los ins-
tantes de la angustia suprema
buscó un huerto para orar.
Nervo –continúa Belaunde– vive en
un tiempo y en una ciudad, París, en
los que la miseria y el alcohol, el alma
y la carne, conviven. En un proceso
lento, aunque sin regreso, el alma y lo
más puro ganan terreno: “El poeta ha
encontrado la Fe por el Amor; y la Fe
y el Amor suponen la serenidad y con-
ducen el optimismo”. Pero Nervo no es
solo contemplativo y resignado, tam-
bién es acción, trabajo y lucha. Volun-
tad. “La fe del poeta es una fe activa:
una fe dinámica”: “Así se completa la
evolución del espíritu de Nervo; la car-
ne está domada, el mundo desaparece;
no hay duda; todo es paz y luz y santo
gozo. El milagro se ha presentado”.
En este trayecto, Nervo va permi-
tiendo una mayor inuencia de la -
losofía búdica, que se toca y dialoga
con el cristianismo, en un proceso que
el propio Belaunde no logra compren-
der y que renuncia a hacerlo dejando
esa tarea a las nuevas generaciones,
aunque sí se permite esbozar una
pista: “Pero sí podemos insinuar, con
toda probabilidad, que la losofía -
dica, por su enorme fondo de poesía,
ha constituido una fuente ideológica
de inspiración, pero no un sentimien-
to esencial y un estado denitivo en
la psicología del poeta”. Después de
todo, continúa el conferencista, el
budismo y el cristianismo comparten
una misma aspiración: el amor uni-
versal. Para Nervo, Cristo era “la Hu-
manidad inundada por la divinidad”.
Mientras el poeta mexicano admiraba
a Asís, el pensador peruano era devoto
de San Agustín:
En las laderas, desde las cua-
les se divisa un panorama risue-
ño, están los que saben amar,
los seres que sienten el divino
estremecimiento de la pasión.
Más alto, están los que tienen
el culto de la amistad, porque
la amistad supone un mayor
desinterés que el amor. Por en-
cima de aquéllos, en las crestas
elevadas, cuya ascensión es di-
fícil, y donde parece que faltara
el aire, están los héroes, los que
han sabido amar a la Patria, y
más arriba, en las cumbres casi
inaccesibles están los que han
amado a la Humanidad; más
arriba…más arriba, en la región
Amado Nervo y Víctor Andrés Belaunde, La mirada mística de la vida
75
PAIDEIA XXI
de las nubes surge San Francis-
co de Asís, y más alto, más alto,
en lo inaccesible, en lo innito,
Jesús!!
Nervo supo amar, recuerda Belaun-
de. Pero supo cultivar un amor casto
como parte esencial de la vida. Cuan-
do amaba a una mujer era porque en-
contraba en ella un espíritu alto, bon-
dad inconmensurable, ternura, como
sucedió con Ana María, quien presen-
tía su temprana muerte: “En la poesía
elegíaca de todos los tiempos han de
gurar esos versos como ejemplo de
hondura en el sentimiento y de persis-
tencia e idealismo en el recuerdo”. Se
reere Belaunde a La amada inmóvil.
Luego buscó nuevos amores, pero so-
bre todo cobijo y afecto.
Si algo caracterizó al poeta, sostie-
ne Belaunde, es la perfecta simetría
entre su prédica y su vida; no como
tantas veces hemos visto que la prédi-
ca está tan distante de la acción: “Mu-
chas veces se canta no lo que se es y lo
que se tiene, sino lo que se desea con
nostalgia impotente!”. Nervo siempre
fue generoso con los demás y nunca
egoísta o mezquino. La anécdota que
relata Belaunde nos dice mucho al
respecto:
En su lecho de dolor, le ha-
blé alguna vez de Chocano, el
gran poeta de mi patria; y, en-
tonces, el enfermo se incorpo-
ró diciéndome: ‘Chocano, ¡qué
gran poeta! Madre Andalucía,
Caja de Alegría!’. Y recitó con su
voz llena de ternura, con calor
de amigo y hermano tres estan-
cias de la hermosa composición
‘Pandereta’, del poeta peruano.
Nervo era un hombre extremada-
mente sensible y bueno. Que podía
denunciar el error humano pero que
no sabía hacer daño a nadie, que se
indignaba ante el mal y la injusti-
cia como un paladín: “Recuerdo que
cuando se hablaba de su patria ―nos
comunica Belaunde―, y de algunos
atropellos en América, aquel hombre
dulce y bueno, se inamaba en cólera
santa, en ira divina…”.
Si físicamente era débil, espiritual-
mente tenía una gran fortaleza; ama-
ba la vida y pudo superar todos los
pronósticos y alargar su existencia.
Era un “prodigio de energías morales”
dentro de un cuerpo débil. El poeta le
confesaría en algún momento al pe-
ruano que no había pasado un día en
treinta años en el que no hubiera su-
frido de dolores:
En su lecho de muerte sufría
víctima de una constante fatiga,
y atenazado por crueles dolores,
y, sin embargo, brillaban sus
ojos, vibraba su cutis, y el gesto
era siempre animado y expresivo.
La proximidad de la muerte solo
hizo exaltar las virtudes de Nervo: la
gentileza, la piedad y la caridad. In-
cluso, se daba tiempo y fuerzas para
responder las cartas que le llegaban y
escribir dedicatorias en los libros que
obsequiaba a los amigos que iban a
verlo:
Así, fue extinguiéndose esta
vida, serenamente, plácidamen-
te. Sus ojos comenzaron a abis-
marse en la contemplación de
lontananzas misteriosas. Ni un
Osmar Gonzales
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PAIDEIA XXI
gesto, ni una mueca terrible ¡la
esperada mueca!.
Belaunde se postra ante su amigo
y sus virtudes:
Padre, Maestro, Hermano, no
te lleves tu fe […] Padre, Maes-
tro, Hermano, déjanos tu amor
[…] Padre, Maestro, Hermano,
no te lleves tu amor!.
Pequeño colofón
Muy pocos saben que Nervo murió
prácticamente en los brazos de Be-
launde. En este artículo he querido
poner en evidencia los profundos la-
zos espirituales y amicales que unie-
ron a nuestros dos personajes. De al-
guna manera, se trató de dos espíritus
anes que, a medida que avanzaban
en sus trayectos vitales irían reen-
contrándose con su fe primera, la que
abrevaron desde el hogar y las prime-
ras enseñanzas escolares. Belaunde y
Nervo se identicaron gracias a una
forma similar de observar la vida.
Evidentemente, hay otros casos de
identicación entre los intelectuales
de nuestros países, basados en ele-
mentos distintos, como la política, la
ideología o la simple y pura amistad.
Estas redes constituirían la base para
la reexión sobre nosotros mismos
como naciones en construcción, así
como para la formación de movimien-
tos políticos amplios de integración la-
tinoamericana.18
Notas
1 Véase Osmar Gonzales Alvarado, “José Vasconcelos y los intelectuales peruanos. Car-
tas con José de la Riva Agüero”, en Ideas, intelectuales y debates en el Perú, Editorial
Universitaria-Universidad Ricardo Palma, Lima, 2011.
2 Agradezco la gentileza de Domingo García Belaunde quien en un gesto de bondadosa
amistad me facilitó dos textos sumamente importantes para este artículo. Las palabras
de cierre a las obras completas de Amado Nervo escritas por Perfecto Menéndez Padilla
en las que relata los últimos momentos del poeta prácticamente en brazos de Víctor
Andrés Belaunde, algo a lo que ni el propio Belaunde se reere con el detenimiento que
amerita en sus memorias. El otro texto es el discurso de homenaje del propio Belaunde
a Nervo ─a pocos días de la muerte de este─, ofrecido en el Teatro Urquiza en Montevi-
deo, texto que García Belaunde pudo obtener en la propia capital uruguaya.
3 Este reencuentro en parte está descrito en las memorias de Belaunde y en el discurso
sobre Nervo pronunciado en el Teatro Urquiza.
4 Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), periodista y poeta mexicano, es uno de los repre-
sentantes fundamentales y fundadores del modernismo en nuestros países. En 1883
publicó Cuentos frágiles, en 1898 se publicaron dos volúmenes de sus obras, y en 1894
fundó, al lado de Carlos Díaz Dufó, la revista Azul. Tuvo una inuencia gravitante en
Nervo.
Amado Nervo y Víctor Andrés Belaunde, La mirada mística de la vida
77
PAIDEIA XXI
5 He analizado el sentido y carácter de las memorias de Belaunde en un artículo de próxi-
ma publicación, titulado “Víctor Andrés Belaunde. El sentido de la fe en sus memorias”,
en un volumen coordinado por Ulrich Mücke y Marcel Velázquez.
6 Demanda permanente del Estado de Bolivia, hasta el día de hoy, secuela de la Guerra
del Pacíco (1879-1883).
7 Víctor Andrés Belaunde, Trayectoria y destino. Memorias completas, Ediventas, Lima,
1967.
8 Memorias, op. cit., pág. 317.
9 Op. cit., pág. 558.
10 Perfecto Menéndez Padilla, Epílogo a “Amado Nervo, la evolución de sus ideas y su re-
torno a la fe”, en Amado Nervo, Obras completas, Volumen XXIX, La última vanidad,
Biblioteca Nueva, Madrid, 1928 (texto al cuidado de Alfonso Reyes), pág. 182
11 Op. cit., págs. 182-183.
12 Belaunde, Memorias, op. cit., pág. 652.
13 0p. cit., pág. 1048.
14 En otro momento Belaunde recuerda, dejando en evidencia la inuencia que ejercía
sobre él Nervo: “Volví a mis temas preferidos: la misión de la universidad, utilizando las
ideas de Newman; la sicología de la inquietud y de la serenidad, núcleo de mi concep-
ción losóca; y Amado Nervo, poeta místico”, op. cit., pág. 1046.
15 Op. cit., pág. 975.
16 Op. cit., pág. 686.
17 A la conferencia asistieron Dardo Regules, Gómez Haedo y Reyes Thevenet, op. cit.,
pág. 1023.
18 El investigador peruano Ricardo Melgar Bao ha contribuido notablemente en estos
estudios con trabajos como “Redes teosócas y pensadores políticos latinoamericanos,
1910-1930”, en Cuadernos Americanos, 1999; Redes e imaginario del exilio en México
y América Latina: 1934-1940. www.librosenred.com; “La hemerografía cominternista y
América Latina, 1919-1935. Señas, giros y presencias”, en www.izquierdas.cl, 9 de abril
de 2011, entre muchas investigaciones más.
Osmar Gonzales
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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Gonzales Alvarado, Osmar (2011). “José Vasconcelos y los intelectuales pe-
ruanos. Cartas con José de la Riva Agüero”, en Ideas, intelectuales y debates en
el Perú. Lima: Editorial Universitaria - Universidad Ricardo Palma.
Andrés Belaunde ,Víctor (1967). Trayectoria y destino. Memorias completas.
Lima: Ediventas.