Uno de los más importantes novelistas norteamericanos del siglo veinte, E. L.
Doctorow ha legado doce novelas. El libro del Daniel y Ragtime están entre ellas.
El libro de Daniel reconstruye la atmósfera del maccartismo en los Estados Uni-
dos de los años 1950. Esta novela está basada en el controversial caso de Julius
y Ethel Rosenberg, dos civiles judíos y comunistas quienes fueron juzgados y
sentenciados a muerte por supuestas actividades de espionaje en 1953. Ragti-
me, un best-seller, retrata al New York a comienzos del siglo veinte. Este ensayo
presenta una breve biografía de Doctorow y comenta su obra literaria. Las rasgos
de su obra (New York como es escenario de buen número de sus novelas, su pre-
ferencia por sucesos históricos y la manipulación de personajes históricos para
la trama de sus obras) son presentados y discutidos.
Palabras clave: Doctorow; Literatura; Psicología.
One of the most important American novelists of the 20th century, E. l. Doc-
torow was the author of 12 novels, The book of Daniel and Ragtime among them.
The book of Daniel reconstructs the atmosphere of McCartysm in the Uni-
ted States of the 50´. This novel was based on the controversial case of Julius
and Ethel Rosenberg, two civilians brought to trial and sentenced to death for
espionage in 1953. Ragtime, a best-seller, portraits the New York at the begin-
nings of the 20th century. This essay presents a brief biography of Doctorow,
and comments his literary output. The features of Doctorow´s work (New York
as scene of a number of his novels, his preference for historical events, and his
PAIDEIA XXI
Vol. 5, Nº 6, Lima, mayo 2016, pp. 79-97
Resumen
Abstract
LITERATURA, HISTORIA Y PSICOLOGÍA EN LA
OBRA DE E.L. DOCTOROW
Ramón León
Ramón León
80
PAIDEIA XXI
Todos lo sabemos: cada año que
pasa nos deja su penosa cosecha de
muertes de personalidades de la polí-
tica, del mundo del arte y de la ciencia.
No faltan por supuesto, las de grandes
deportistas.
Por lo general solo reciben atención
internacional la de los políticos, los
cientícos y los artistas. No importa el
lugar en el que nacieron y vivieron: la
muerte de Nelson Mandela como la de
Adolfo Suárez fueron objeto de comen-
tarios y noticias en todo el mundo. Lo
mismo sucede con la de famosos mú-
sicos (Leonard Bernstein, por ejemplo)
y con grandes literatos, como acaba de
ocurrir con E. L. Doctorow, cuya des-
aparición fue informada por diarios
del mundo entero, que no escatimaron
comentarios laudatorios acerca de su
obra.
El fallecimiento de E. L. Doctorow1,
acaecido el 21 de julio del 2015, es
una pérdida irreparable para la lite-
ratura norteamericana. No tan cono-
cido como Philip Roth o Don DeLillo
ni tan audazmente original como Tho-
mas Pynchon, o tan torrencialmente
productivo como Carol Joyce Oates,
este escritor deja como legado una im-
portante obra literaria, reconocida y
reiteradamente premiada2, analizada
y comentada en numerosos estudios
(véase por ejemplo Parks 1991, Bloom
2004).
Nacido en 1931 en New York, en
el seno de un hogar de descendientes
de em
igrantes judíos rusos, Doctorow
–lector voraz ya en la niñez– se entregó
desde su juventud a la creación litera-
ria: tras un par de obras que recibie-
ron en su momento una acogida posi-
tiva pero difusión limitada, The book
of Dan
iel (1971) y Ra
gtime (1975) lo
ubicaron desde los años 1970 en la
galería de los grandes literatos esta-
dounidenses de la segunda mitad del
siglo XX
.
No es posible tratar acá de las doce
novelas que él escribió3. Solo nos dedi-
caremos a dos o tres. Sí podemos, em-
pero, decir que después de The book of
Daniel y Ragtime, Doctorow prosiguió
su obra literaria dando a la luz, entre
lo más destacado de su producción,
World´s fair (1985), una mirada al
New York de los difíciles años treinta
a través de los ojos de un niño; The
march (2005), relato del avance san-
griento del General Sherman al frente
de sus tropas en los años postreros de
la Guerra de Secesión; Homer y Lan-
gley (2009), basada en la alucinante
vida de los hermanos Collyer que vi-
vieron en la metrópoli neoyorquina,
y Andrew´s brain (2014), su última
obra, en cuyas páginas un neurocien-
tíco reexiona acerca de su pasado,
sus temores y sus traumas.
Doctorow fue, en alguna medida,
un autor de culto. Como ya dijimos,
era menos conocido que Roth y DeLi-
llo, y los lectores que lo seguían de-
bían tener paciencia a la espera de su
manipulation of historical personages for the plot of his novels) are also showed
and discussed.
Keywords: Doctorow; Literature; Psichology.
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
81
PAIDEIA XXI
siguiente libro. Su apellido, poco fre-
cuente y de inconfundibles raíces es-
lavas, era causa de que algunos des-
informados lo imaginaran ruso y, al
hacerlo, dejaran de lado la lectura de
sus obras, porque para ellos, después
de Tolstoy, Dostoievski y Pasternak,
todo lo que Rusia pudiera ofrecer en
materia literaria estaba cumplido. Es
probable, asimismo, que su posición
política, de izquierda y contestataria,
fuera causa de la poca prensa propa-
gandística que recibió4.
Sin embargo, sus seguidores valo-
raban en sus libros la recreación de
hechos signicativos de la historia
norteamericana, sazonada por su fér-
til imaginación y trabajada con perse-
verancia hasta forjar personajes cla-
ramente delineados y dotados de una
vida afectiva expuesta con coherencia.
En toda obra literaria los senti-
mientos son la clave. Todo gran litera-
to (Dostoievski por ejemplo, pero tam-
bién Balzac y Flaubert, así como Tols-
toy y, por supuesto, el propio Shakes-
peare) es también un gran psicólogo.
No, ciertamente, un psicólogo con
formación académica y certicaciones
profesionales, sino un imaginativo, in-
cisivo y acertado escudriñador de los
afectos, fantasías, manías y obsesio-
nes que pueblan y dan vida a nuestro
mundo interno.
Por eso, psicólogos y psiquiatras
consideran a muchas novelas y obras
teatrales como verdaderos estudios de
caso. Crimen y castigo estudia en deta-
lle la culpa y el remordimiento; Hamlet
disecciona la indecisión paralizante.
Oblomov, del entre nosotros poco co-
nocido Goncharov, es un adelanto de
lo que hoy los psicólogos llaman pro-
castinación. La muerte de Virgilio, de
Hermann Broch, se concentra en el
momento nal de la existencia.
La fauna humana, en toda su gran-
deza como en toda su miseria y comi-
cidad, ha sido retratada por los litera-
tos de raza. Pícaros (El lazarillo de Tor-
mes), amas de casa enloquecidas (El
diario de Edith, de Patricia Highsmith),
obsesos sexuales (El mal de Portnoy,
de Philip Roth), personajes en los cua-
les la sabiduría parece esconderse de-
trás de la estupidez (Las aventuras del
buen soldado Svejk, de Jaroslav Ha-
sek). Y, por supuesto, locos5. A todos
ellos y a muchos más los encontramos
en novelas y obras de teatro6.
El francés Antoine de Rivarol (2012)
armaba que una palabra es solo una
reunión de letras. Hay mucho de rea-
lidad, pero también mucho de escep-
ticismo y cinismo en esa armación.
Siguiendo su lógica, podría decirse
que una novela es solo un inmenso
conjunto de palabras.
Si así fuera, si la novela fuera tan
solo palabras reunidas, tendría que
llamarnos a asombro que la acumu-
lación de nombres y pronombres, ad-
verbios, sustantivos, conjunciones y
verbos en diferentes tiempos, acumu-
lación dispuesta por la mano del es-
critor y guiada por las imágenes que
pululan en su cerebro, termine dan-
do lugar a una obra en la que lo más
humano de la condición humana (es
decir, los sentimientos, las pasiones,
las ilusiones, esperanzas y desenga-
ños) es expuesto de un modo tal que
Ramón León
82
PAIDEIA XXI
ilumina nuestra vida (o a veces hasta
la cambia de manera radical).
Y es que, como dice Pamuk (2009),
[…] las palabras y la litera-
tura son como las hormigas y
el agua: las palabras se meten
ante todo y de la mejor manera
por los huecos, por los aguje-
ros y por las grietas invisibles.
Y todo lo que de verdad quere-
mos saber sobre la vida y so-
bre el mundo, aparece primero
en esas grietas invisible y es la
buena literatura la que antes lo
ve (pg. 134).
¿Qué sentimientos aparecen en las
obras de Doctorow?
En The book of Daniel, el protago-
nista (Daniel Lewin Isaacson, un estu-
diante de la Universidad de Columbia)
reexiona acerca del destino de sus
padres, acusados, procesados y eje-
cutados por cargos de espionaje7. La
rememoración pone de maniesto la
sensación de haber sido (sus padres y
él) víctimas de una terrible injusticia.
El dolor, el duelo, la cólera y la impo-
tencia ensombrecen la vida de Daniel.
Se percibe asimismo su ambivalencia
con respecto al activismo político de
sus progenitores, que habría de lle-
varlos a su desgraciado nal. Una ex-
periencia no menos traumática, la del
intento de suicidio de su hermana, es
el detonante de las reexiones de Da-
niel (De Rosa, 2009).
Publicada cuando Doctorow se
desempeñaba como Visiting Author
en la Universidad de California (Irvi-
ne), The book of Daniel surgió como
proyecto en la década de los 1960,
caracterizada por intensos conictos
en torno a la participación militar de
Estados Unidos en la guerra de Viet
Nam y por el activismo a favor de los
derechos humanos8. Esa complicada
década (marcada a fuego además por
el asesinato de John F. Kennedy) es-
timuló la aparición de algunas obras
que tienen a los problemas sociales vi-
vidos en esos años como escenario en
el cual se mueven los personajes. Una
de ellas fue precisamente The book of
Daniel; otra fue them de Carol Joyce
Oates (1969).
Doctorow retrata en este libro una
época de histeria colectiva y de para-
noia llevada a extremos inimagina-
bles: nos referimos al macartismo, ese
“sórdido e irracional frenesí de la caza
de brujas anticomunista”, como lo ca-
licara Hobsbawm (1996), que cam-
peó en los Estados Unidos de los años
1950. Un personaje mediocre, Joseph
MacCarthy, el “senador caza-rojos de
Wisconsin” (Talbot, 2008), da nombre
a esta época oscura de la historia nor-
teamericana, estimulando temores,
suspicacias y pálpitos de conjuras al
más alto nivel.
Virtualmente poseído por un an-
ticomunismo febril, MacCarthy creyó
ver conspiradores y enemigos de los
Estados Unidos aún en las más altas
esferas gubernamentales de su país.
Sus delirios infectaron a buena parte
de la sociedad norteamericana de los
años 1950, desatando una verdadera
cacería de comunistas9. Nadie estaba
libre de sospechas10.
Sin duda, todo un tema para histo-
riadores, psicólogos y sociólogos.
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
83
PAIDEIA XXI
Los padres de Daniel, Paul y Roche-
lle Isaacson, son personajes inspira-
dos en Julian (1918-1953) y Ethel Ro-
senberg (1915-1953), un matrimonio
norteamericano que –efectivamente–
fue acusado y ejecutado en 1953 por
supuestas actividades de espionaje11 .
The book of Daniel parece haber
cumplido una función catártica para
Doctorow, quien consideraba la ejecu-
ción de los Rosenberg como un hecho
absolutamente injusticable, un ver-
dadero crimen. Doctorow reaccionó
ante esta injusticia del modo en que
él mejor podía hacerlo: a través de la
escritura.
El psicólogo familiarizado con la
obra de Doctorow y conocedor de la
historia de los Estados Unidos en la
segunda mitad del siglo XX podrá no
solo apreciar la calidad literaria de The
book of Daniel, sino también, en una
lectura inter lineas, reconocer (o al
menos intuir) cómo el autor da curso
a la intensidad de sus sentimientos en
torno a la ejecución de los Rosenberg.
En efecto: la escritura es una for-
ma de elaborar intensas experiencias
emocionales, dándoles forma y sentido
y construyendo una narrativa que le
permite al autor comprender y contex-
tualizar lo sucedido. Desde las Confe-
siones de San Agustín, hasta nuestros
días, pasando por The anatomy of me-
lancholy, de Robert Burton, podemos
encontrar obras que han tenido una
función catártica para sus autores12.
Gérard de Nerval y Rainer Maria Rilke
pueden mencionarse como ejemplos de
escritores que conjuraron vía sus obras
sus grandes problemas psicológicos.
Si los judíos y comunistas son los
protagonistas de The book of Daniel,
en Ragtime lo son los negros, eternos
marginados y maltratados en la socie-
dad norteamericana.
En Ragtime, Coalhouse Walker Jr.,
un pianista de raza negra víctima de
maltratos, es ganado por el resenti-
miento al reconocer que la justicia
norteamericana no es valedera para
él, e ingresará a una senda delictiva
que lo llevará a una violenta muerte.
Doctorow nos introduce en la subjeti-
vidad de él, un negro que parece haber
alcanzado el éxito en una sociedad tan
profundamente racista.
Aceptado en la casa de una familia
blanca,
[…] no se sentía embarazado
por encontrarse en el salón con
una taza y un plato en su mano.
Por el contrario, actuaba como
si fuera la cosa más natural del
mundo. Lo que le rodeaba no le
asustaba ni una adoptaba una
actitud deferente. Era cortés y
correcto. Les habló de sí mis-
mo. Era un pianista profesional
y estaba ahora más o menos
permanentemente en New York,
gracias a que tenía un trabajo
jo con la Jim Europe Clef Club
Orchestra, un conjunto muy co-
nocido que daba conciertos re-
gulares en el Manhattan Casino
de la Calle 155 y la Avenida 8
(Ragtime, versión castellana, pp.
196-197).
De pronto, Coalhouse Walker Jr. se
ve confrontado con la realidad injusta
de su condición racial en la sociedad
Ramón León
84
PAIDEIA XXI
estadounidense. A partir de ese mo-
mento, su destino cambia.
Doctorow avanza en el relato de la
vida y muerte de este personaje, al par
que nos entrega un colorido mosaico
del New York de inicios del siglo XX.
New York no solo es una ciudad;
tampoco es “solo” una gran ciudad13.
New York es una realidad convertida
en mito, alimentado por todo lo que
ocurre en sus calles y plazas, en sus
amaneceres y crepúsculos. En esa
ciudad todo puede suceder, y todo lo
que sucede en ella tendrá consecuen-
cias en la vida de los norteamericanos
y todos los pobladores de la tierra,
como lo demuestra la Gran Depresión
y el atentado al World Trade Center.
New York ha sido idealizada, es-
tudiada, maldecida. Pocas ciudades
como ella han servido de escenario
para historias doradas o sombrías,
como lo demuestran las numerosas
películas que la tienen como telón de
fondo. Mencionemos solo algunas:
King Kong (1933), West Side story
(1961), Mientras Nueva York duerme
(1956), Taxi Driver (1976), New York,
New York (1977).
World´s fair es un retrato de la me-
trópoli neoyorquina en los años de la
feria mundial celebrada en 193914.
El protagonista Edgar Altschuler, un
niño, conduce a los lectores tanto por
la feria como por los ámbitos sombríos
de su propia familia. Otras voces pre-
sentes en esta obra muestran algunos
aspectos no muy gratos de la urbe
norteamericana15.
Se trata casi de una biografía de
Edgar, quien crece en el barrio de
Bronx, el mismo en el que vivió el au-
tor, quien reconoce que esta novela
“es muy cercana –sobre todo en la pri-
mera mitad– a cómo fue mi infancia”
(Doctorow 2014).
En alarde de capacidad expositiva,
Doctorow describe las percepciones
propias de un niño. Así se presenta
Edgar infante al lector:
Me despiertan sobresaltado
los vapores amoniacales y paso
en un instante de un sueño pe-
gajoso a un saber aigido: he
vuelto a hacerlo. Mis muslos
empapados me pican. Lloro y
llamo a mamá sabiendo que ten-
dré que soportar su dura reac-
ción, que pasar por aquello para
ser rescatado. Mi cuna está en
la pared este de su habitación,
la de ellos en la pared sur (La
feria del mundo, pg. 10).
Siguiendo a Edgar conoceremos al
resto de la familia, Rose y Dave sus
padres, Donald el hermano mayor, la
abuela materna y la tía Frances, entre
otros, que cobran vida en las innume-
rables descripciones de la vida fami-
liar en sus días agradables como en
sus momentos difíciles.
Un hecho interesante es que esta
novela, aparte de estar ambientada en
New York, tiene como época los años
30. Guijarro González (2001) escribe
sobre el particular:
De nuevo Doctorow sitúa la
acción durante la época de la
Depresión, un momento de la
historia de Estados Unidos que
también había aparecido de
modo intermitente en El libro de
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
85
PAIDEIA XXI
Daniel y que volvería a resultar
crucial en Billy Bathgate. Todas
estas circunstancias ponen de
maniesto que, del mismo modo
que Nueva York es el marco es-
pacial predilecto de Doctorow, la
década de los treinta es su pe-
riodo favorito. Ello obedece a va-
rias razones simultáneamente:
en primer lugar al hecho de que
la infancia de Doctorow (que
nació al inicio de la década en
1931) transcurrió en esos años,
pero también a que para un es-
critor de ideología progresista
como él la época de la Depresión
resulta atractiva no solo por ha-
ber sido un momento de crisis
en el que se cuestionaron algu-
nos mitos fundacionales de la
nación, sino también porque en
ese periodo surgió una literatu-
ra social encarnada por autores
como John Dos Passos o John
Steinbeck con los que Doctorow
se identica (40).
New York, en medio del esplendor
que irradia la Feria, tal como es visto y
vivenciado por un niño. Van der Merve
& Bekker (2015) establecen una com-
paración entre World´s fair y The ad-
ventures of Augie March, de Saul Be-
llow (1953), un autor que fue muy im-
portante para Doctorow. Augie March
también relata sus experiencias ado-
lescentes, pero no en New York sino en
Chicago, otra de las ciudades-mito de
los Estados Unidos.
No solo cosas grandiosas ocurren
en New York, sin embargo. También
hay contextos y existencias que se
asoman al mundo de la psicopatolo-
gía.
Homer y Langley se concentra en la
vida de un par de hermanos residen-
tes en New York. Basada en persona-
jes y circunstancias reales, esta novela
expone un cuadro psicopatológico: el
de la silogomanía (Medrano, 2011), la
tendencia irrefrenable a acumular co-
sas inservibles. Homer y Langley viven
encerrados en una casa y a lo largo de
los años de su voluntario aislamiento
han acumulado en la casa innumera-
bles rumas de periódicos y de objetos
carentes de utilidad. El caso, que en la
realidad atrajo la atención del perio-
dismo, es trabajado literariamente por
Doctorow.
¿Amor, obsesión, simple casuali-
dad, como la razón de Doctorow para
elegir a New York? En una entrevista
justicó del modo siguiente esa elec-
ción:
Nueva York siempre ha sido
el punto de contacto entre el vie-
jo y el nuevo mundo. Cuando yo
era niño, no dejaban de llegar a
la ciudad refugiados prominen-
tes que huían de la Europa de
Hitler –actores, compositores,
escritores, cientícos, pintores,
psicoanalistas y lósofos– que
enriquecieron nuestra cultura
de un modo desproporcionado a
su número. Por ejemplo, el com-
positor húngaro Bela Bartok y
el teólogo Paul Tillich vivieron
en Manhattan; Brecht o Han-
nah Arendt pasaron aquí tem-
poradas y también, por supues-
to, Einstein que vivía a apenas
Ramón León
86
PAIDEIA XXI
unas cuantas millas, en Prince-
ton. Al día de hoy, las grandes
universidades de Nueva York
proporcionan generosas ayudas
a investigadores extranjeros. En
realidad, Nueva York siempre
ha sido una ciudad global con
un carácter internacional. Pero
también es un centro comercial
crucial en la construcción de la
identidad capitalista norteame-
ricana. Una población multicul-
tural de ocho millones de perso-
nas que viven en una geografía
restrictiva la convierten en la
ciudad más intensamente vi-
tal del país. He vivido la mayor
parte de mi vida en Nueva York
o muy cerca de Nueva York. El
resultado es que me siento más
o menos en casa en cualquier
otra ciudad del mundo. Nunca
he pensado en Nueva York como
en un territorio literario a explo-
rar. No se abre camino en mis
libros como un escenario que yo
haya elegido sino como la vida.
Sencillamente parto de la base
de que Nueva York es lo que la
vida es. No es un lugar, es la
vida (Rendueles, 2003).
Utilizando a New York como te-
lón de fondo, Doctorow nos presenta
afectos negativos, obsesiones que tor-
turan, resentimientos que anuncian
venganzas, crueldades y despropósi-
tos, y conductas y formas de vida ex-
trañas16.
En las novelas del fallecido nove-
lista salen al encuentro del lector per-
sonajes logrados, que respiran vida e
inspiran intuiciones en él. No nos re-
ferimos, claro está, a aquellos que en
realidad existieron y a los que Docto-
row recurre para delinear el contexto
histórico de sus obras. Ni Sigmund
Freud en Ragtime, ni el General Sher-
man en The march requieren de reto-
ques ni acentuaciones para atraernos.
Doctorow lo sabía y por eso “los dejó
estar”, inventando solo algún detalle
(un gesto, una conversación, alguna
frase o algún encuentro) para ellos.
Pensamos más bien en los perso-
najes totalmente surgidos de su ima-
ginación. Daniel Isaacson Lewin, así
como Coalhouse Walker y Billy Bath-
gate (como también Andrew, su últi-
ma creación), todos creaciones docto-
rovianas, impresionan por la lozanía
de sus perles, claramente señalados,
por la sensación de realidad que ema-
na de ellos desde las grafías que Doc-
torow emplea para caracterizarlos, y
por la coherencia entre su vida inte-
rior y sus actos, que él se preocupó de
otorgarles.
Doctorow fue un artesano de la pa-
labra y un experimentador de la expo-
sición. Desde la selección del título de
algunas de sus obras hasta el lengua-
je (en unos libros articulado, en otros
ambiguo cuando no premeditadamen-
te inexacto), es posible reconocer su
preocupación por el efecto sugerente
y la connotación rica en matices. The
book of Daniel alude al texto bíblico (El
Libro de Daniel, del Antiguo Testamen-
to; The city of God tiene el mismo título
que la utopía de San Agustín, La ciu-
dad de Dios); Ragtime hace referencia
a un género musical norteamericano
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
87
PAIDEIA XXI
de nes del siglo XIX y comienzos del
XX17, y sirve para anunciar al lector la
presencia de Coalhouse Walker, cuyo
nombre a su vez rinde homenaje a
Michael Kolhaas, el trágico personaje
creado por Kleist, el no menos trágico
autor alemán. Andrew´s brain aparece
en una época en la cual las neurocien-
cias fascinan a neótos e iniciados y
prometen desentrañar algunos de los
misterios más recónditos de la mente
humana.
El Doctorow experimentador de la
exposición se revela en la predomi-
nancia en algunas de sus obras del
monólogo interior en primera persona,
interrumpido o enriquecido por otras
voces, mientras en otros libros suyos
se impone la descripción. No faltan en
algunas de sus novelas las reexio-
nes losócas y hasta teológicas (por
ejemplo, The city of God). El western
distingue a su primera novela, mien-
tras que en otra hay una atmósfera de
ciencia-cción. Big as life roza el géne-
ro detectivesco.
En toda novela dialogan la acción,
la reexión y el afecto. Ese diálogo
puede causar en el lector hilaridad o
sorpresa, pero también ira y hasta te-
rror. La calidad de la emoción que ese
diálogo despierte depende de la trama
que el autor quiere desarrollar, y, para
ello, éste debe recurrir a lo mejor, lo
más efectivo de su artesanía literaria.
Imaginar amores y odios, ilusiones
y desengaños, aventuras y desventu-
ras; idear personajes y poner al tra-
bajo a la imaginación para darles un
nombre, una edad, una contextura -
sica, un temperamento y un carácter;
en seguida mostrarlos al lector solo
por medio de la palabra del modo más
convincente que sea posible, dotarlos
de vida interior y de capacidad de ac-
ción, seleccionar, organizar y delinear
los ambientes y situaciones en los que
ellos vivirán e interactuarán, y, nal-
mente, elegir las palabras con lo que
todo lo anterior será efectivizado: en
esto radica la artesanía literaria, que
debe ser cumplida con perseverancia
y sin desánimo.
Doctorow lo sabía y ejerció esa ar-
tesanía literaria con detallismo. Tal
vez a eso se deba el largo intervalo en-
tre una y otra obra proveniente de su
pluma.
A todo lo anterior Doctorow agre-
gaba algo más: su preferencia ―a la
que ya nos hemos referido por New
York― como el escenario para un buen
número de sus obras; y, el empleo
de personalidades de la historia nor-
teamericana o mundial como “artistas
de reparto”.
No es fácil transformar en prota-
gonista a un personaje secundario,
pero tampoco es sencillo convertir a
un “primer actor” en un “actor de re-
parto”. Valga la pena señalar esto para
tratar del empleo por parte de Docto-
row de grandes guras de la historia
mundial o de los Estados Unidos en
sus novelas. El ejemplo que presenta-
remos es el del padre del psicoanálisis.
Freud como personaje incidental:
eso no solo sería una blasfemia para
los psicoanalistas sino también un
imposible para todos aquellos que
conocen la importancia de su aporte.
Freud, que es ―qué duda cabe― un
Ramón León
88
PAIDEIA XXI
primer actor, una de las grandes gu-
ras del siglo XX: ¿cómo hacer para que
un hombre como él sea reducido a las
medidas de un simple mortal, como lo
es cada uno de nosotros?
Doctorow lo consigue en Ragtime.
Hay una escena que nos parece insu-
perable:
Freud llegó a Nueva York en
el vapor George Washington, de
la compañía Lloyd. Le acompa-
ñaban sus discípulos Jung y
Ferenczi, ambos más jóvenes
que el maestro. En el muelle los
recibieron otros dos freudianos
jóvenes, el doctor Ernest Jones
y el doctor A. A. Brill. El grupo
almorzó en la terraza del Ham-
merstein. Hubo aplausos. Un
duo de piano y violín todo la
Rapsodia Húngara de Liszt. To-
dos hablaron acerca de Freud,
observándole de continuo para
calibrar su estado de ánimo. Co-
mió crema servida en un cuenco.
Brill y Jones aceptaron su papel
de antriones durante esta vi-
sita. En los días que siguieron,
enseñaron a Freud el Central
Park, el Museo Metropolitano y
el Chinatown. Chinos de aspec-
to felino les observaron desde
fuera de tiendas oscuras. Había
vitrinas de cristal con nueces
chinas. El grupo asistió a la pro-
yección de una popular película
muda en uno de los salones de
a cinco centavos la entrada, en
el centro de la ciudad. Surgía
humo blanco de los cañones de
los ries y hombres con los la-
bios pintados y colorete caían de
espaldas apretándose el pecho
con las manos. Por lo menos,
pensó Freud, no hay ruidos. Lo
que le oprimía del Nuevo Mundo
eran los ruidos. El terrible tam-
borileo de los caballos y carrua-
jes, el rechinar y ulular de los
tranvías, las bocinas de los au-
tomóviles. Al volante de un Mar-
mon descapotable, Brill condujo
a los freudianos por Manhattan.
En un lugar determinado, en
la Quinta Avenida, Freud sin-
tió que le estaban observando;
levantó la mirada y vio a unos
niños que le contemplaban des-
de lo alto de un autobús de dos
pisos (versión castellana de Rag-
time, pp. 53-54).
Freud aparece en las líneas previas
como un simple mortal, asediado por
miradas extrañas e indiscretas y por
ruidos insoportables, mientras vaga-
bundea sin norte ni brújula por la in-
mensa urbe neoyorquina.
Por si esto fuera poco, Doctorow
“redondea” la imagen de un Freud casi
desamparado:
En realidad no se había
acostumbrado a las comidas ni
a la escasez de aseos públicos.
Creía que aquel viaje había des-
trozado tanto su estómago como
su vejiga (versión castellana de
Ragtime: 56)
El argumento de Ragtime bien po-
dría haberse logrado sin la presencia
de Freud o de Houdini, el mago mun-
dialmente conocido. Pero Doctorow
decidió “adornar” su novela incluyén-
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
89
PAIDEIA XXI
dolos. Al hacerlo, nos parece, no solo
satiszo ese deseo de ornamentación;
también apuntó (y creemos que acer-
tó) a aumentar la sensación de realis-
mo que el lector debía experimentar.
Y, además, concedió una suerte de
aura de grandeza al drama de Coal-
house Walker Jr., uno de los millones
de ciudadanos negros víctimas de ex-
clusiones y vejaciones en los Estados
Unidos18.
La maestría de este autor permi-
te que sus novelas estén pobladas de
personajes logrados que respiran vida.
La descripción que Doctorow hace de
ellos va acompañada de incisivas ex-
ploraciones de su vida interior, todo lo
cual estimula sugerentes intuiciones
en el lector alerta e imaginativo19.
Su estilo es original: algunos de
sus libros no son de lectura fácil pues
demandan un conocimiento histórico
no siempre frecuente. Ese es el caso
de Ragtime. Freud, evidentemente, no
requiere presentación, pero no sucede
lo mismo con otros “primeros actores”
que Doctorow hace aparecer en las pá-
ginas de esta obra: el propio Houdini,
Booker T. Washington (“en esta época
el negro más famoso del país”; versión
castellana de Ragtime: 340), ¿quiénes
fueron?
El lector se perderá en medio de
tantas luminarias, porque, aparte de
Henry Ford, ¿qué sabe él de Evelyn
Nesbit, una modelo que jugó un rol
importante en un proceso judicial
que recibió gran atención en aquellos
años, o de Emma Goldmann, anar-
quista y heroína del movimiento labo-
ral norteamericano? ¿o del propio J.P.
Morgan?
Ya lo hemos dicho y ahora lo repeti-
mos: Doctorow es un experimentador
de la palabra y de la trama. En unas
obras predomina el monólogo, en otras
la reexión losóca y hasta teológica.
Y hay algunas que se acercan al géne-
ro detectivesco.
Hay un diálogo entre la acción y la
reexión, un contrapunto entre lo que
sucede en el exterior y lo que se viven-
c
ia en el mundo privado de cada cual
20
;
y se percibe una tensión entre lo que
en verdad ocurrió y lo que Doctorow
decide que suce
da con los personajes
que él recrea a partir de los protago-
nistas de los hechos que la historia
regist
ra.
No se podía predecir cuál sería el esti-
lo de su
próxima novela. En unos casos
aparecía el monólogo i
nterior, en otros la
obra presentaba varias voces21
Son, nos parece, esos los rasgos
que hacen de Doctorow un escritor
ameno al par que exigente, localis-
ta (por su preferencia por New York)
y sin embargo universal (por los pro-
blemas de la condición humana que él
aborda), estudioso de la historia pero
al mismo tiempo un afortunado mani-
pulador de los hechos.
Esto último, su interés por la histo-
ria de New York y de los Estados Uni-
dos, es una singularidad de su obra.
Doctorow emplea la historia en sus
libros, pero su empleo es muy perso-
nal, muy liberal. En Ragtime apare-
cen personajes históricos de carne y
hueso, como Sigmund Freud durante
su única y decepcionante visita a los
Estados Unidos, o como Francisco
Ramón León
90
PAIDEIA XXI
Fernando, el heredero al trono del Im-
perio Austro-Húngaro cuya muerte se-
ría el detonante de la Primera Guerra
Mundial. Hay más, pero con ellos dos
basta para sustentar lo que decimos.
Doctorow los usa, los manipula po-
dríamos decir, para matizar y enrique-
cer sus libros. A veces esa manipula-
ción raya en la desmesura. Como he-
mos dicho, Homer y Langley existieron
en realidad y fallecieron en los años
1940. En la novela que tiene por título
sus nombres, Doctorow los “hace vi-
vir” unos veinte años más de lo que
realmente vivieron.
Esta tendencia a la manipulación
de la historia de Doctorow fue objeto
de duras críticas22. Sin embargo, eso
que sería inaceptable en el trabajo de
un historiador, se justica en el taller
del literato. Recordemos si no, lo que
arma Nabokov (2010):
La literatura es invención.
La cción es cción. Calicar
un relato de historia verídica es
un insulto al arte y a la verdad.
Todo gran escritor es un gran
embaucador, como lo es la ar-
chitramposa naturaleza (35).
Doctorow defendió su uso liberal
de la historia. Al n y al cabo, él no
era un historiador ni un cronista, sino
un literato.
No cabe duda que Doctorow mani-
pulaba personajes y situaciones a su
gusto, o mejor dicho, según las nece-
sidades de la trama que deseaba de-
sarrollar. Esto, que en el mundo de
periodismo habría sido imperdonable,
él lo justicaba y defendía. En un ar-
tículo titulado “Notes on the history of
ction”, publicado en el 2006 en The
Atlantic, escribió:
Desde una perspectiva his-
tórica hubo algo así como una
guerra de Troya. De hecho tal
vez haya habido varias guerras
de Troya. Pero la guerra sobre la
cual escribió Homero es la que
nos fascina porque es cción
[…] ¿Quién cambiaría la Iliada
por el registro histórico?23
Pero no solo los literatos mezclan
historia y cción. También lo hacen
los cultores de otras artes. En la mú-
sica, por ejemplo, Chaikovski “recons-
truye” la invasión napoleónica de Ru-
sia y la derrota de los invasores en su
Obertura Solemne 1812. En la escultu-
ra, en Lima, el escultor Victorio Macho
(1887-1966) nos ofrece una imagen de
Miguel Grau, el héroe peruano de la
Guerra del Pacíco, tal como él lo ima-
gina y no necesariamente tal como él
fue. Picasso nos ofrece su visión per-
sonal del bombardeo de Guernica en
el mural que lleva su nombre.
Y es que en el arte puede estar
permitido lo que está prohibido en la
realidad y lo que no se admite en la
ciencia. Los cuadros de Salvador Dalí
son un buen ejemplo de ello. La lógica
nunca ha sido la mejor consejera de
los artistas, excepto tal vez los arqui-
tectos.
Si, como hemos dicho, en las no-
velas de Doctorow podemos encontrar
personajes que resultan de interés
para el estudio y la reexión psicoló-
gica, queda un último tema: el de la
psicología de su autor.
Comencemos por la generalizada
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
91
PAIDEIA XXI
imagen del escritor, del novelista en
particular, como alguien que lleva una
vida en la cual la psicopatología está
presente, lo que se conoce como “mad-
genius stereotype” (Kaufman et al.
2006). Una imagen en la que calzan
perfectamente William Faulker, John
Cheever, F. Scott Fitzgerald y William
Saroyan, que lucharon contra el alco-
holismo (Silvia & Kaufman, 2010).
Doctorow no encaja en el mad-ge-
nius stereotype. No se le conoció psico-
patologías, manías y excentricidades
que, tal vez, le hubieran concedido un
aura de “tocado por el fuego” (Jami-
son, 1993), algo que podría haber real-
zado su imagen y tal vez aumentado
el número de sus seguidores. Solo sa-
bemos que era un “heavy smoker”, lo
cual sin duda determinó el cáncer a
los pulmones que lo llevó a la tumba24.
Los elementos autobiográcos es-
tán presentes en muchos de sus tra-
bajos25. Como también es evidente la
intensa preocupación que Doctorow
experimentó por todo lo que fuera in-
justicias e inequidades26. ¿Tiene eso
que ver con lo que vivió?
No olvidemos que Doctorow prove-
nía de una familia cuyos antecesores
habían dejado Rusia para trasladarse
a los Estados Unidos. La emigración
es siempre la búsqueda de un destino
mejor, y Rusia no era (y aun no lo es)
el mejor lugar para vivir.
“La historia rusa ha sido una his-
toria de sufrimiento y humillaciones”,
arma con razón Steiner (2009: 227).
La historia rusa es, obviamente, la
historia de los rusos, de cada uno de
ellos. No ha sido una vida fácil la de los
rusos, en lo menos que se puede decir.
Desde Iván El Terrible hasta Stalin, la
injusticia desembozada, el autoritaris-
mo aplastante, los derramamientos de
sangre y la incertidumbre acerca del
hoy y del mañana en la vida de cada
individuo, han sido los compañeros de
los rusos. También hoy, como lo de-
muestra Svetlana Alexievich, la más
reciente Premio Nobel de Literatura,
con su libro Secondhand-Zeit. Leben
auf den Trümmern des Sozialismus
(Alexievich, 2013)
Y dentro de los habitantes de ese
inmenso país, la población judía estu-
vo siempre expuesta a maltratos aún
mayores. ¿Es posible imaginarnos al
niño y adolescente Doctorow escu-
chando a sus abuelos acerca de los
avatares e injusticias que los obliga-
ron a emigrar?
Tal vez esas experiencias y recuer-
dos familiares fueron las que sensi-
bilizaron a Doctorow con respecto
a las inequidades que por lo demás
abundaban en la sociedad norteame-
ricana.
Concluida la existencia de este au-
tor será, como siempre, el tiempo el
que aquilatará su obra.
Podría, por cierto, suceder con ella
lo ocurrido con la de otros escritores,
aclamados en su momento y olvida-
dos hoy. ¿Quién recuerda hoy a Roger
Martin Du Gard? ¿qué obra de Mau-
rice Maeterlinck se lee en nuestros
días, excepto La vida de las hormigas
y La vida de las abejas, en las que él
despliega una fantasía que fascina a
lectores infantiles pero escandaliza los
entomólogos? ¿qué sabe el lector de
Ramón León
92
PAIDEIA XXI
hoy de Anatole France, Sigrid Unset y
Grazia Deledda?
Los temas que han estado en la
mira del Doctorow novelista, la justicia
y la ciudad de New York dos de ellos,
podrían perder actualidad en lo que va
de este siglo, que ni siquiera ha alcan-
zado su primer cuarto de existencia.
¿Por qué no imaginarnos que en unos
veinte o treinta años ciudades como
Shangai, Sao Paulo o Sidney terminen
compitiendo o tal vez desplazando a la
metropóli neoyorquina como lugar de
interés y de inspiración para novelis-
tas o poetas?
Sea cual fuere el destino que el
tiempo tenga reservado al legado li-
terario de Doctorow, arriesgamos al
menos una valoración provisional (y,
por supuesto, personal) del mismo,
diciendo que sus libros retratan mo-
mentos críticos de la sociedad esta-
dounidense. La Guerra de la Secesión,
los albores del siglo XX.
Doctorow como retratista, no como
fotógrafo. Lo que el lector encuentra
en sus libros no es una imagen de-
digna de lo ocurrido y de sus prota-
gonistas, sino un retrato. Por eso se
los lee, por eso se los busca. Ese es su
“valor agregado”.
Pues, mientras el trabajo del fotó-
grafo se resume grosso modo en un
click que perenniza el instante, el re-
tratista aspira a capturar la esencia de
lo que retrata, al mismo que comuni-
car a los otros el impacto que lo su-
cedi
do ha tenido en su sensibilidad. Al
n y al cabo, existe entre el retratista y
aquello que desea retratar una relación
personal, única, que se expresará de
todos modos en el retrato (Matt, 2008).
Doctorow como retratista enriquece
la realidad recurriendo a todo lo que le
es permitido a un autor de novelas: la
fantasía en primer lugar, pero además
la abierta manipulación de personas
y contextos, el juego de palabras, la
exposición a veces precisa y en otras
ocasiones indenida de protagonis-
tas, interlocutores y lugares, dejando
al lector alerta
y sensitivo la tarea de
hilvanar los hechos y adivinar desti-
nos ―según su sentir e in
tuir― para
ofrecer un nal, “su nal” a lo leído.
En el empleo de todos estos recur-
sos y otros más, Doctorow desliza en
unos casos y en otros se sumerge de-
cididamente en reexiones acerca de
la condición humana.
Andrew´s brain, su última obra, es
también un retrato, tal vez el más am-
bicioso de todos los que llevó a cabo
Doctorow. Ya no el retrato de su que-
rido New York ni de hechos históricos
registrados en libros o preservados en
la memoria colectiva. El retrato con-
tenido en Andrew´s brain es el de una
realidad inconmensurable, inasible,
siempre cambiante, la más misteriosa
de todas las realidades: el retrato de la
subjetividad del hombre del siglo XXI.
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
93
PAIDEIA XXI
Notas
1 Así rmaba sus libros, con solo las iniciales de sus nombres, Edgar Lawrence.
2 Doctorow llegó a ser propuesto como candidato al Premio Nobel de Literatura. Ante la
pregunta “Usted, junto con Don DeLillo, Philip Roth y Paul Auster completa la lista de
los eternos aspirantes al Nobel de Estados Unidos, un país que no recibe ese premio
desde 1993”, respondió:
“A ese respecto, solo tengo una cosa que decir: no creo que el Comité Nobel, tal y
como está constituido en la actualidad, tenga ninguna intención de darle un pre-
mio a un autor de Estados Unidos. Creo que es una cuestión de ira. No sé si es
ira desde el punto de vista político o económico, o porque el nuevo orden imperial
de este país está deprimiendo a todo el mundo. El Comité es bastante claro a ese
respecto. No tengo más que añadir” (Doctorow 2014).
3 Welcome to hard times (1960; El hombre malo de Bodie, 1981, Cómo todo acabó y vol-
vió a comenzar, 2012), Big as life (1966), The book of Daniel (1971, El libro de Daniel,
1979), Ragtime (1975; con el mismo título en castellano, 1976), Loon Lake (1980, El
lago, 1981), World´s fair (1985; La feria del mundo 1991), Billy Bathgate (1989; con el
mismo título en castellano, 1990), The Waterworks (1994; El arca de agua, 1995), City
of God (2000; La ciudad de Dios, 2002), The march (2005; La gran marcha, 2006), Ho-
mer & Langley (2009; con el mismo título en castellano, 2010), Andrew´s brain (2014;
El cerebro de Andrés, 2014).
4 La 15. edición de The New Encyclopedia Britannica (1995) contiene una entrada dedi-
cada a Philip Roth (pg. 201 del volumen 10, 33 líneas), en tanto que ignora a Doctorow.
Mecanismos internos, libro de Coetzee (2009), incluye ensayos sobre William Faulkner,
Saul Bellow, Arthur Miller y Philip Roth; Doctorow no aparece. Por último, el volumino-
so y bastante completo Diccionario de literatura universal (Barcelona, Océano, 2006)
dedica a Doctorow 54 líneas (pg. 301), igual número que las dedicadas a Don DeLillo
(pg. 286). Por contraste Roth recibe 60 líneas (pp. 894-895, incluyendo además una
foto), Pynchon 45 (pg. 840, aparte de una foto), y Paul Auster 49 (pg. 76, además de
una foto). Norman Mailer los supera a todos con 94 líneas (más foto; pg. 631). James
Baldwin sigue a Mailer (77 líneas y foto; pp. 84-85). Mailer y Baldwin también aparecen
en la ya mencionada edición de la Britannica: el primero con 70 líneas y foto (vol. 7; pp.
705-706), el segundo con 60 (vol 1; pg. 828, con foto).
5 Rosenzvaig (2009) anota que la locura es el alimento preferido de la tragedia griega.
6 En su Curso de psiquiatría (Delgado 1969), Honorio Delgado considera valiosas ade-
más,
“las descripciones de los grandes literatos que sufren y estudian sus aquezas y
anormalidades: Dostoievski, Amiel, Rousseau, Grillparzer, Hebbel, Cellini, Leopar-
di, De Quincey, Baudelaire, Maupassant, Proust y tantos otros” (pg. 29).
7 El protagonista está basado en Michael Meeropool, el hijo de los ejecutados Julius y
Ethel Rosenberg.
8 La recepción de esta obra fue excelente (véase por ejemplo Lehmann-Haupt 1971). En
1983 fue llevada al cine con el título de Daniel, por Sidney Lumet (1924-), un director
que había producido varias películas previas con temas políticos.
9 Arthur Miller (1915-2005) dio a la luz en 1953 Las brujas de Salem, “donde trazó un pa-
ralelo entre los procesos inquisitoriales de 1692 y la cruzada anticomunista del senador
MacCarthy”, se puede leer en el Diccionario de Literatura Universal (2006; pg. 690).
10 Inclusive Alfred C. Kinsey, cuyas investigaciones sobre la sexualidad humana son
entre tanto referencias rituales en todo trabajo sobre el área, fue objeto en los años 50
de duros ataques, acusado de ayudar al comunismo a minar la moralidad sexual y el
carácter sacrosanto de los hogares norteamericanos (Jones 1997).
11 El destino de los Rosenberg ha sido tema de interés no solo para Doctorow sino para
Ramón León
94
PAIDEIA XXI
otros literatos norteamericanos. Robert Coover (1932-) publicó The public burning
(1977), Tony Kuschner (1956-) trata de aspectos de este caso en Angels in America: a
gay fantasia on national themes (1993), así como Sylvia Plath (1932-1963) en The bell
jar (1963).
12 No solo la literatura tiene un efecto catártico; también la pintura (véase Klibansky et al.
2013). Y, por supuesto, la música, como lo demuestran la Sinfonía Patética de Chaiko-
vski, y el Concierto para piano nro. 2 en do menor, opus 18, de Rachmaninov. Como lo
señala Goldberg (2007), el arte y la música son “herramientas esenciales para alcanzar
y mantener la buena forma mental” (pg. 301).
13 Para los inmigrantes europeos que llegaron a los Estados Unidos en el siglo XIX, New
York era “la ciudad”, la primera impresión de la tierra prometida. Tres cuartos de los
más de 667 mil inmigrantes ingresaron a los Estados Unidos por el puerto de New York;
un porcentaje semejante de los 4.242.000 de inmigrantes en los años 1840 y 1850 tam-
bién ingresaron a los Estados Unidos por New York (Howe 2007).
14 La Feria Mundial de New York de 1939/1940 pretendía ofrecer a sus visitantes una
mirada al futuro y alrededor de 45 millones de personas la visitaron yendo a Flushing
Meadows, Queens.
15 Para Robertson (1992), la novela de Doctorow ofrece una narrativa de la imagen de la
Feria que se hace una persona de clase media norteamericana, agregando que la nove-
la “muestra como cada individuo puede moldear las experiencias que ofrece la cultura
de masas adaptándola a sus propias necesidades, y así hallando placer dentro de dicha
cultura mientras al mismo tiempo ignora o se subleva con respecto a las intenciones de
los diseñadores de ella” (pg. 36).
16 El empleo de New York como telón de fondo ha sido la causa para que algunos consi-
deraran a Doctorow “un escritor neoyorquino”, esto es un cronista de las grandezas,
peripecias, vicisitudes y miserias de los habitantes de esa metrópoli, devaluando así el
signicado de su obra, al concederle solo una signicación local.
Lo cierto es que ciudades como New York, Tokio, México DF o Sao Paulo, cada una con
millones de habitantes rodeados del anonimato, son verdaderos mundos en sí mismas,
en los cuales la realidad de los hechos supera en muchos casos largamente a lo que la
fantasía pueda crear. El drama humano en el siglo XX no ocurre más en el campo. Su
escenario hoy es la ciudad, especialmente la gran ciudad.
Es por ello que algunas obras literarias tienen como protagonistas no a seres individua-
les, sino a grandes ciudades, como ocurre con Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin
(1929), Manhattan Transfer, de John Dos Passos (1925), y, en el contexto latinoameri-
cano, La región más transparente, de Carlos Fuentes (2008).
17 En la edición castellana de Ragtime aparece la siguiente nota referida al signicado de
este término:
“El ragtime es casi el polo opuesto al blues. Se trata de un estilo pianístico formal,
casi neoclásico, con unos recursos rítmicos muy limitados. Dio al jazz un sentido
crucial de melodía, de forma y, probablemente de armonía. En los Estados Unidos
el ragtime se escuchaba ya con insistencia en muchos lugares hacia 1880, pero
sus centros creativos fueron, primero, Sedalia y Missouri, y más tarde St., Louis,
siendo su compositor más importante Scott Joplin (1868-1917). En el ragtime ya
existía la improvisación, así como ciertos modos de improvisación escritas, pero la
composición era su base más importante. El periodo de mayor popularidad de este
género puede situarse en los primeros años de nuestro siglo, hasta 1920. A partir
de aquí, predomina claramente el jazz, hasta el punto de que el escritor F. Scott
Fitzgerald, al hablar en tono memorialístico de la década de 1920, la denominará
“Jazz Age” (“Nota a la edición castellana” de Ragtime, México DF, Grijalbo, 1976,
pg. 9).
18 Se podría suponer, por último, que Doctorow tenía una proclividad a emplear persona-
jes históricos como un divertimento. Hombre de muchas y variadas lecturas, es proba-
Literatura, Historia y Psicología en la obra de E.L. Doctorow
95
PAIDEIA XXI
ble que quisiera emplear lo leído para un “enriquecimiento” de sus obras, llevando al
lector por un camino en el cual lo sucedido va de la mano de lo imaginado, la verdad
“tal cual ella fue” está unida a la verdad “tal como el autor quiere que sea”, sorpren-
den al lector. En literatura hay muchos ejemplos de divertimentos. Se nos ocurre solo
mencionar uno: “Un discurso para probar la antigüedad de la lengua inglesa”, de Swift
(2013).
19 Sobre el particular Doctorow (1993) escribe en “Documentos falsos”:
“La literatura de cción no es simplemente un medio racional de discurso. Le pro-
porciona al lector algo más que mera información. De las palabras de la narración
surgen conceptos complejos, indirectos, intuitivos y no verbales, y mediante una
transacción ritual entre el lector y el escritor, se genera en aquél una emoción alec-
cionadora a partir de la ilusión de sufrir una experiencia que no es la suya. Una
novela es un circuito impreso a través del cual uye la energía de la vida del lector”
(pg. 193).
20 “En sus novelas se pueden encontrar reexiones, pensamiento, acción, compasión y
lucidez a partes iguales, siempre mostrados de manera estrictamente literaria. Hasta el
punto de que sus variados enfoques e historias siempre fueron acompañados de una
estética especíca para cada uno de ellos. En este aspecto, podría dar sensación de
dispersión, sí, pero nunca de incoherencia”, escribe Guelbenzu (2015).
21 Eso sucede por ejemplo en World´s fair, en la cual los relatos corren a cargo de varias
personas. En una entrevista, el novelista señala que fue compuesta para leerse como
si se estuviera escuchando la grabación de lo que los protagonistas relatan (Doctorow
1986).
22 Véase por ejemplo la formulada por John Updike (2005) al inicio de su comentario
crítico, por lo demás muy positivo, de The march.
23 También en el ensayo “Documentos falsos” Doctorow (1993) reivindica el poder de la
cción y cuestiona la autoridad atribuida a los hechos. La distinción que se hace entre
“cción” y no-cción” no pasa de ser, según él, una ilusión y proviene de de la tradición
occidental de separar la razón de los sentimientos. John Williams (1996) considera los
planteamientos propuestos en este ensayo como centrales para entender la obra de
Doctorow.
24 Pablo Pardo, en una entrevista aún reciente, escribe:
“Su vida es normal hasta el aburrimiento. Fue profesor de universidad durante
décadas, impartía un curso en la Universidad de Nueva York titulado “El ocio de
la cción”, en el que despiezaba obras literarias para ver “cómo funcionan, en qué
funcionan, de dónde sacan su autoridad, etcétera” (Doctorow 2014).
25 En el comentario que hace David Leavitt de World´s fair en el New York Times
(10.11.1985), señala que esta obra es un peculiar híbrido de novela y memorias, y ano-
ta, seguidamente, lo siguiente:
“El héroe, como Doctorow, se llama Edgar, y crece en el Bronx de los años 1930;
sus padres, como los de Doctorow, se llaman Rose y David; su hermano, como el
hermano del autor, Donald”.
26 La preocupación por la justicia y por la injusticia se manifestó también en la toma de
posición de Doctorow con respecto al informe de Kenneth Starr sobre el caso Lewinsky
que hizo tambalear al gobierno del presidente Clinton. Doctorow (1998) lo comparó con
el caso de los Rosenberg y con la cacería de las brujas de Salem.
Ramón León
96
PAIDEIA XXI
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